La historia que consumió a Capote

La historia que consumió a Capote

Redacción

En 1959, Herbert Clutter, su esposa Bonnie y sus hijos adolescentes Nancy y Kenyon, fueron asesinados en su propia casa mientras dormían. Aunque el robo fue el móvil que manejaron las autoridades, los responsables sólo tomaron una cantidad menor a 50 dólares. El crimen sacudió no sólo a Kansas, sino a todo Estados Unidos.

La nota llegó hasta Nueva York, a oídos de Truman Capote. El escritor paladeaba aún el éxito de su novela “Desayuno en Tiffany’s”, publicada en 1958. Acompañado de su amiga Harper Lee (autora de “Matar a un ruiseñor”), viajó a Holcomb, el pueblo donde todo sucedió, para entrevistar a los locales y la policía, antes incluso de que atraparan a los culpables.

Así comenzó para Capote su ascenso al éxito, y su descenso a un infierno personal del que nunca pudo recuperarse. Así nació “A sangre fría”.

Trabajo de campo

Los Clutter fueron asesinados por dos exconvictos, Dick Hickock y Perry Smith, que fueron capturados después de un tiempo. Hacia ellos encaminó Truman Capote su trabajo de campo para escribir lo que en ese momento era un experimento.  Lo que comenzó como un trabajo periodístico adquirió tintes literarios y lo consumió hasta la médula, confesó años más tarde.

El escritor creo con Dick y Perry (sobre todo), un vínculo que ni él mismo esperaba. Se hicieron amigos, admitió. Fotografías donde aparecen juntos lo prueban. Sus entrevistas no parecían tales, porque Capote no hacía anotaciones ni grababa. Su prodigiosa memoria le permitía recordar a detalle las conversaciones que sostuvo con ellos.

“Un periodista, al entrevistar a una persona, nunca debe tomar notas, nunca debe usar una grabadora, porque automáticamente crea una situación forzada, en especial con quienes no están acostumbrados a ser entrevistados”, explicó en una entrevista en 1968.

Punto final

La investigación y escritura de “A sangre fría” le llevó tres años. En ese tiempo se enteró de todos los pormenores de las vidas de Dick y Perry, quienes parecían ni siquiera tener conciencia suficiente para distinguir entre el bien y el mal, por haber crecido entre abandono y sufrimiento.

Después de que fueron sentenciados a muerte, Truman Capote siguió en contacto con ellos a través de cartas. El exhaustivo trabajo de campo había finalizado. ¿Qué faltaba para cerrar la novela? El capítulo final aún no estaba escrito. Capote esperaba el día de la ejecución, que luego de postergarse varias veces ocurrió en abril de 1965.

Él estuvo presente. Vio morir a su entrañable Perry Smith en la horca, a sangre fría.

El precio del éxito

La crónica novelada de los dos hombres que sin un motivo aparente asesinaron a una familia completa salió a la luz en 1966 y al instante fue bien recibida.

Capote se encargó de crear expectativa, y nadie quedó decepcionado. “Un relato extraordinario, escalofriantemente emocionante, increíblemente escrito”, señaló The New York Times. “El libro hiela la sangre y ejercita la inteligencia”, dijo The New York review of books”.

Pero la combinación del éxito y el desgastante proceso creativo comenzó a afectar la salud y estabilidad emocional del autor, que en el fondo siempre fue ese chico atormentado que en 1948 fotografiara Irving Penn.

“A sangre fría” podía ser el mejor libro escrito hasta el momento, pero sufrió la maldición del Best Seller. La crítica le negó el Pulitzer y el National Book Award, que todos, incluido Truman Capote, daban por sentados. El aclamado escritor estaba devastado.

Dos entrevistas

Capote vivió 19 años más después de la publicación de “A sangre fría”. En todo ese tiempo no logró escribir otra obra de calidad o éxito semejante. Su deterioro físico, su confianza disminuida, se aprecian en dos entrevistas.

En la primera de ellas, en 1968, desde su biblioteca el autor habló con soltura de sus exigencias para la adaptación del libro al cine, de su cuidado en los detalles. Estaba, como se dice, en los cuernos de la luna.

En 1980, en el estudio de The Dick Cavett Show, Capote fue cuestionado sobre sus adicciones al alcohol y las drogas. Habló de su ansiedad, del aislamiento necesario para escribir, del doloroso proceso de llevar al papel “A sangre fría”.

En esa entrevista se definió como un ser frágil, se aferraba por momentos a los brazos del sillón donde estaba sentado, se mostraba nervioso, acorralado.

En su afán por crear LA GRAN OBRA, Truman Capote sacrificó el alma, fue víctima de su hambre de verdad y belleza.

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